Otra noche en Tenochtitla.
Otro frio viento seca mis manos.
No entiendo como, ni porqué, pero ando de melancolico.
Sediento de recuerdos de pasadas amistades las cuales se borran a cada latido de mi robot de pulsera.
Con sueño, algo crudo de ayer y todavía algo borracho de hoy.
Solo; Como hace mucho tiempo no lo estaba... Como hace tanto no lo sentía.
Momento de cambios y de nuevos proyectos...recuerdos que se borran con el correr de las agujas.
Un suspiro; un aire que entra y un soplido que se aleja con ansias de libertad...El cerebro muere poco a poco, el hambre crece.
Cual fuego artificial que se pierde en el aire me quedo dormido sobre mis letras.
Ocho horas de frío y soledad me esperan, doce de realidad en el horizonte.
domingo, 24 de enero de 2010
martes, 1 de septiembre de 2009
Sour Times
Se asomo por la ventana y lo vio. Cualquier otro día el hubiese pasado por alto ese hecho tan cotidiano, pero esa noche había algo distinto en el aire. Mejor dicho, su extraño día le había anticipado, por decirlo de alguna manera, que cualquier cosa podía pasar. A la mañana en un mercado un brujo le había ofrecido un pez diablo. Otro, peyote. Si; suena raro, pero es que en su nativa ciudad todo era posible. “Lleve sus rico tamales oaxaqueños…” se asomo entre las cortinas y el hombre seguía ahí. No parecía amenazador, es más de hecho, posiblemente ni sabía que alguien lo estaba observando. Sentado. Cruzado de piernas, encima de un banco de plaza algo escribía. ¿Acaso estaría tomando notas de mis movimientos? ¿Realizando trabajo de “inteligencia” para alguna organización criminal?…
Daniel llamó a su novia…Hola…pg…ck chsss…o…tu, tu tu. (Se cortó). Salió al balcón. Miró al cielo…Volvió a marcar. Hola…si, ee no pienses mal ni nada, pero cuando estés abajo avísame, y te bajo a abrir le dijo. Ella respondió un seco OK.
Daniel, o “danz” como lo llamaban sus amigos volvió a su departamento, apagó todas las luces, y se sentó en un banco como de bar que tenía en la pequeña barra que separaba su cocina del comedor. Encendió un cigarrillo y lo miró. Observo como el hombre de la banca seguía en su mundo. Apoyo el cerillo a medio apagar en el canto de la barra. “¿Porque no se irá?” Se preguntó. “Puta madre” Se puso de pié. Agarro su chamarra, sus llaves y salió de su departamento. Como en casi todas las ocasiones, la luz del lobby fallo al primer intento de encenderla. Insulto en voz baja al conserje, a su madre y a su hermana. Volvió a presionar el botón y las luces bañaron las manchada y húmedas paredes de las escaleras.
Bajó 36 escalones. Desde niño tenía la costumbre de contarlos…Eso era algo que su hermana le había inculcado, y con el pasar del tiempo se había vuelto más que una costumbre, casi una obsesión.
Llego a la planta baja. Inclinó su cabeza, sonrió tímidamente, y con ese gesto saludo con sus ojos a la señora del 2º B. Siguió su camino.
La luz automática del pasillo se apagó…La luuuzz gritó “amablemente”….la señora picó el botón. Agarró el manojo de llaves, entre el cigarrillo y los pocos nervios que tenía sintió como ellas se resbalaban…había perdido la única que abría el metal. Se agachó. Las levantó, y volvió el proceso de reconocimiento de llaves…la encontró, la puso en la cerradura, y con un estridente sonido la puerta comenzó a bostezar. Para cuando la había terminado de abrir. Una bocina lo espanto. Se llegó a escuchar un muteado “Chinga tu madre.” Desde el casco del muchacho del delivery al tenso conductor de un taxi de sitio. Pasado el evento miró entre las plantas y notó que el extraño hombre seguía ahí. “Que hombre más extraño” pensó. Solo habían pasado 10 minutos.
Tiró su cigarrillo al piso. Visualizó un plano cerrado a su pie. Cambió la goma de sus converse por el cuero curtido de una bota e imaginó ser Clint Eastwood en: “El bueno, el malo y el feo”. Lo pisó realizando un pequeño giro de su tobillo. El cigarrillo se deshizo contra las baldosas de la vereda. Se acomodó el cuello de su chamarra y empezó a caminar en dirección a ningún lugar. Encendió su Ipod. David Bowie sonaba en sus auriculares. De entre la seca guitarra de Jean Genie se escuchó un grito: “!!!!Los bomberos, por favor alguien llame a los bomberos!!!!”
Se estaba incendiando un departamento. Miró para arriba y exactamente desde su ventana vio como una violenta llamarada envolvía las ramas de un árbol que al instante se encendió. Su teléfono vibró. Abrió la tapa. Mensaje: En 2 mins estoy ahí. Otra vibración. Cerro mensaje. Abrió mensaje nuevo. Ya estoy abajo.
La señal en su edificio no solía ser muy buena. Y cuando el teléfono se “conectaba” a la red los menajes le llegaban todos de repente.
A la distancia vio su cara. Pálida como helado de limón. Tiesa como un adoquín. Que pasa “danz”? - ¿Estás bien?
El miró por sobre su hombro. Miró su reloj. El hombre ya no estaba. Ella no entendía.
Ella vió para arriba. Lo jaló del brazo.
Las sirenas ahogaron sus pensamientos. Se sintió aturdido. Un cerillo mal apagado había desatado la desgracia en la casa de un hombre que, hasta esa tarde, se había preocupado mucho por las cosas que suceden en las calles de cualquier ciudad.
B.A.I
Daniel llamó a su novia…Hola…pg…ck chsss…o…tu, tu tu. (Se cortó). Salió al balcón. Miró al cielo…Volvió a marcar. Hola…si, ee no pienses mal ni nada, pero cuando estés abajo avísame, y te bajo a abrir le dijo. Ella respondió un seco OK.
Daniel, o “danz” como lo llamaban sus amigos volvió a su departamento, apagó todas las luces, y se sentó en un banco como de bar que tenía en la pequeña barra que separaba su cocina del comedor. Encendió un cigarrillo y lo miró. Observo como el hombre de la banca seguía en su mundo. Apoyo el cerillo a medio apagar en el canto de la barra. “¿Porque no se irá?” Se preguntó. “Puta madre” Se puso de pié. Agarro su chamarra, sus llaves y salió de su departamento. Como en casi todas las ocasiones, la luz del lobby fallo al primer intento de encenderla. Insulto en voz baja al conserje, a su madre y a su hermana. Volvió a presionar el botón y las luces bañaron las manchada y húmedas paredes de las escaleras.
Bajó 36 escalones. Desde niño tenía la costumbre de contarlos…Eso era algo que su hermana le había inculcado, y con el pasar del tiempo se había vuelto más que una costumbre, casi una obsesión.
Llego a la planta baja. Inclinó su cabeza, sonrió tímidamente, y con ese gesto saludo con sus ojos a la señora del 2º B. Siguió su camino.
La luz automática del pasillo se apagó…La luuuzz gritó “amablemente”….la señora picó el botón. Agarró el manojo de llaves, entre el cigarrillo y los pocos nervios que tenía sintió como ellas se resbalaban…había perdido la única que abría el metal. Se agachó. Las levantó, y volvió el proceso de reconocimiento de llaves…la encontró, la puso en la cerradura, y con un estridente sonido la puerta comenzó a bostezar. Para cuando la había terminado de abrir. Una bocina lo espanto. Se llegó a escuchar un muteado “Chinga tu madre.” Desde el casco del muchacho del delivery al tenso conductor de un taxi de sitio. Pasado el evento miró entre las plantas y notó que el extraño hombre seguía ahí. “Que hombre más extraño” pensó. Solo habían pasado 10 minutos.
Tiró su cigarrillo al piso. Visualizó un plano cerrado a su pie. Cambió la goma de sus converse por el cuero curtido de una bota e imaginó ser Clint Eastwood en: “El bueno, el malo y el feo”. Lo pisó realizando un pequeño giro de su tobillo. El cigarrillo se deshizo contra las baldosas de la vereda. Se acomodó el cuello de su chamarra y empezó a caminar en dirección a ningún lugar. Encendió su Ipod. David Bowie sonaba en sus auriculares. De entre la seca guitarra de Jean Genie se escuchó un grito: “!!!!Los bomberos, por favor alguien llame a los bomberos!!!!”
Se estaba incendiando un departamento. Miró para arriba y exactamente desde su ventana vio como una violenta llamarada envolvía las ramas de un árbol que al instante se encendió. Su teléfono vibró. Abrió la tapa. Mensaje: En 2 mins estoy ahí. Otra vibración. Cerro mensaje. Abrió mensaje nuevo. Ya estoy abajo.
La señal en su edificio no solía ser muy buena. Y cuando el teléfono se “conectaba” a la red los menajes le llegaban todos de repente.
A la distancia vio su cara. Pálida como helado de limón. Tiesa como un adoquín. Que pasa “danz”? - ¿Estás bien?
El miró por sobre su hombro. Miró su reloj. El hombre ya no estaba. Ella no entendía.
Ella vió para arriba. Lo jaló del brazo.
Las sirenas ahogaron sus pensamientos. Se sintió aturdido. Un cerillo mal apagado había desatado la desgracia en la casa de un hombre que, hasta esa tarde, se había preocupado mucho por las cosas que suceden en las calles de cualquier ciudad.
B.A.I
martes, 11 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
sábado, 8 de agosto de 2009
Agustina
La insatisfacción de sus manos denotaba que algo en su vida no había resultado como lo había imaginado vestido de pantalones cortos, y peinado como su madre le había indicado esa tarde en la cual se graduó de la primaria. La soledad brotaba por sus poros. Sus ojos vacíos y movimientos lentos eran el ejemplo más claro de la falta de emoción de todas y cada una de las horas conscientes de sus días.
En un momento palpó sus bolsillos en búsqueda de algo que ya no estaba. ¿Sería su felicidad, o simplemente esa moneda que tenía preparada para pagar el refresco de la cena? Se lo que sea tanto no importaba, porque luego de un poco minucioso cateo, abandonó la búsqueda.
Su columna adoptó su posición favorita y sus hombros cayeron. Hacía años que su espalda había dejado de pelear para así adoptar la postura menos saludable, pero sin duda más cómoda, que su cuerpo podía asumir.
Cerró sus ojos.
No notó que su corbata era ahorcada por su poco glamoroso bolso “regalo cortesía” de alguna antigua convención médica a la cual algún hermano exitoso había asistido. Bolso que le habían regalado una pasada navidad para no llegar con las manos vacías a la celebración.
No notó que la vida se le había pasado, y que claramente la había disfrutado tanto como disfrutaba su viaje de 2 horas a bordo de los incómodos y pequeños asientos del camión 631 que todos los días realizaba la ruta de “Glorieta Insurgentes” hasta “Valle Dorado”.
Ni el frenón más violento podría despertarlo de su eterno sueño.
Baches y mercedes. Moviéndose al compás de cosas no puede controlar.
Sin unos labios a los cuales poder besar.
Solo con un traje barato de poliéster. Solo con un par de agujeros en los zapatos.
B.A.I
En un momento palpó sus bolsillos en búsqueda de algo que ya no estaba. ¿Sería su felicidad, o simplemente esa moneda que tenía preparada para pagar el refresco de la cena? Se lo que sea tanto no importaba, porque luego de un poco minucioso cateo, abandonó la búsqueda.
Su columna adoptó su posición favorita y sus hombros cayeron. Hacía años que su espalda había dejado de pelear para así adoptar la postura menos saludable, pero sin duda más cómoda, que su cuerpo podía asumir.
Cerró sus ojos.
No notó que su corbata era ahorcada por su poco glamoroso bolso “regalo cortesía” de alguna antigua convención médica a la cual algún hermano exitoso había asistido. Bolso que le habían regalado una pasada navidad para no llegar con las manos vacías a la celebración.
No notó que la vida se le había pasado, y que claramente la había disfrutado tanto como disfrutaba su viaje de 2 horas a bordo de los incómodos y pequeños asientos del camión 631 que todos los días realizaba la ruta de “Glorieta Insurgentes” hasta “Valle Dorado”.
Ni el frenón más violento podría despertarlo de su eterno sueño.
Baches y mercedes. Moviéndose al compás de cosas no puede controlar.
Sin unos labios a los cuales poder besar.
Solo con un traje barato de poliéster. Solo con un par de agujeros en los zapatos.
B.A.I
viernes, 7 de agosto de 2009
martes, 4 de agosto de 2009
Hysteria
Durante siete meses Sofía se levanto a las 7:40 de la mañana.
Se preparó un té. Dos tostadas de pan integral y un tazón de cereal con fruta. Se ducho usando jabón de marca de paloma y un Shampoo con esencia de mandarina. Secó su pelo, se perfumó. Pintó su cara y alrededor de las 8:40 salió de su casa rumbo al trabajo. Caminó por la calle de Jalapa en dirección a la glorieta de insurgentes. Caminó, siempre al ritmo del soufflé de su Aipot.
Por su parte Andrés, como todas las mañanas, salió tarde de su casa. Con un paquete de oreos robadas de la alacena en el bolsillo y un sándwich en un "topper".
Encandilado caminó los 2kms que separaban su puerta de la combi. Se montó en ella al ritmo de un insoportable “Disk Jockey” gritón de esos que intentan ponerle ganas y emoción al alba y le quitan lo lindo y suave a la mañana.
Bajó en periférico y tomó un camión rumbo al Auditorio Nacional.
Subió a otro que iba en dirección a “La Villa” para bajarse a la altura de la calle Génova. Ignoró miradas insinuantes de personas de su mismo sexo.
Compró un cigarrillo (Porque eso le generaba la falsa esperanza de que así fumaba menos). Cruzó la glorieta. Miró con cariño un puesto donde siempre imaginó desayunar unas “carnitas”. La única razón por lo cual no lo había hecho era por falta de capital; No de hambre.
Caminó media cuadra donde sabía que, a la altura del puesto donde fruta fresca era acomodada con mucho esmero y dedicación por un antiguo aspirante a luchador, la vería.
Como todos los días se pregunto su nombre.
Cosas que pasan todos los días en las banquetas que al amanecer despiertan cobijadas bajo el smog del ayer. Dialectos de vendedoras de chicles y paletas. Del sonido de organillero y respiraciones fuertes de hombres fajados por los años y los tacos.
Dos de Suadero y un Boing de mango por favor.
B.A.I
Se preparó un té. Dos tostadas de pan integral y un tazón de cereal con fruta. Se ducho usando jabón de marca de paloma y un Shampoo con esencia de mandarina. Secó su pelo, se perfumó. Pintó su cara y alrededor de las 8:40 salió de su casa rumbo al trabajo. Caminó por la calle de Jalapa en dirección a la glorieta de insurgentes. Caminó, siempre al ritmo del soufflé de su Aipot.
Por su parte Andrés, como todas las mañanas, salió tarde de su casa. Con un paquete de oreos robadas de la alacena en el bolsillo y un sándwich en un "topper".
Encandilado caminó los 2kms que separaban su puerta de la combi. Se montó en ella al ritmo de un insoportable “Disk Jockey” gritón de esos que intentan ponerle ganas y emoción al alba y le quitan lo lindo y suave a la mañana.
Bajó en periférico y tomó un camión rumbo al Auditorio Nacional.
Subió a otro que iba en dirección a “La Villa” para bajarse a la altura de la calle Génova. Ignoró miradas insinuantes de personas de su mismo sexo.
Compró un cigarrillo (Porque eso le generaba la falsa esperanza de que así fumaba menos). Cruzó la glorieta. Miró con cariño un puesto donde siempre imaginó desayunar unas “carnitas”. La única razón por lo cual no lo había hecho era por falta de capital; No de hambre.
Caminó media cuadra donde sabía que, a la altura del puesto donde fruta fresca era acomodada con mucho esmero y dedicación por un antiguo aspirante a luchador, la vería.
Como todos los días se pregunto su nombre.
Cosas que pasan todos los días en las banquetas que al amanecer despiertan cobijadas bajo el smog del ayer. Dialectos de vendedoras de chicles y paletas. Del sonido de organillero y respiraciones fuertes de hombres fajados por los años y los tacos.
Dos de Suadero y un Boing de mango por favor.
B.A.I
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